La disputa
por los territorios patagónicos no es nueva. Desde la Campaña del desierto en
adelante, las tierras, sus habitantes, sus culturas fueron expropiadas a fuerza
de sangre y látigo.
La
expropiación ha continuado a favor de grandes terratenientes, muchos
extranjeros. Lo más grave es que se vulneran derechos y no se respetan
obligaciones. También cuenta el hecho de que las leyes liberales perjudican y han
perjudicado siempre a los originarios.
Inútil es la
discusión sobre si los mapuche vienen de Chile. No había hace –como aseguran
las mediciones arqueológicas- 16000 años ninguna división política ni límites
fijados por los peritos.
Esto sucede
también en nuestro norte con la confrontación entre las comunidades y el Estado
nacional, habida cuenta de que es el Estado el que concentra el ejercicio de la fuerza, tal como queda establecido desde el modelo del
siglo XVI. Justicia asentada en las hegemonías. Justicia en la que la
relación entre las partes es desigual, despareja.
Y cuando una
fuerza del estado reprime, al punto de reiterar lo que sucedió entre nosotros en
la última dictadura, desaparece de manera forzada, oculta a una persona ya
muerta, planta luego de 80 días su cadáver río arriba de donde fue secuestrado,
el valor de la vida humana vuelve a retroceder frente a los poderes del capitalismo
concentrado.
El sentido
de la historia nos enseña que no es la primera vez, ni será la última, que se
retrocede en la protección de la vida.
Hacer del
único mandamiento absoluto, No Matarás, que es a la vez imperativo categórico, es
el difícil camino a recorrer con la ayuda de la comprensión de que ese NO
reconoce la pulsión de muerte, y asesinato, que nuestra codicia, nuestra
perversión, nuestro sentimiento de finitud, ponen en acto y que hay que limitar
antes de pasar a él.
Ana Zagari

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